domingo, 1 de agosto de 2010

Mi amigo Juan el Caciquillo parte I

Mi amigo Juan el Caciquillo

Lo había conocido antes.
Luego, los plantones al calor brutal de los días de final del verano y sus noches frescas, con los pies bien separados y las manos cruzadas detrás de la nuca, las golpizas, el fusilamiento simulado en el blanco de la ametralladora, la voz del médico del cuartel que, luego de auscultarme pronunció: “Pueden continuar.”, la colgada de un gancho en mi calabozo seguida del apretón de mis testículos,…todo esto me creó algo de bruma para algunos sucesos, cosas y personas. Pero igual recordaba a mi amigo Juan el Caciquillo. Era difícil olvidarlo jugando al fútbol en la cancha pequeña de la plaza de deportes. Jugaba fuerte pero limpio.. Trasmitía tal sensación de honestidad, de limpieza, de autoestima,…Marcaba a los rivales y apoyaba con pases a los compañeros desde una posición central, la cabeza alta y el pecho levantado.
Luego de salir de mi prisión, cuando me despidieron de mi trabajo por haber sido preso político, la familia de Juan, en gran parte por ayudarme económicamente, me lo confió para clases particulares. Siempre, aun en ellas pude observar su actitud de autoestima respetuosa.
Nunca olvidaré el día en que llamaron a la puerta de mi casa, salí a la terraza para atender y vi un jeep militar en la puerta. Hacía ya varias semanas; muchos días e incontables minutos en que los soldados habían empezado a llevarse a militantes de izquierda del pueblo, sobre todo a los vinculados con la organización guerrillera que yo integraba y por lo cual ya había estado preso. Es increíble como uno se adapta a la angustia de poder ser llevado en cualquier momento a sufrir las peores torturas imaginables. La enfermedad de mi compañera nos impedía huir, huir…. Cuando vi al vehículo militar enfrente de mi casa, y al hermano de Juan que golpeaba y que visiblemente era quien los había llevado, no pude menos de preguntar con un gesto y mis palabras simples: “¿A mí…?” El chico contestó entonces que no, que venían a buscar a Juan.
Él me vio entonces abrazar a mi compañera con quien compartíamos la zozobra de todos los minutos. “Nos salvamos,…por ahora”.



Foto de Héctor Rodríguez Cacheiro

Desde el principio habíamos pensado que si venían a buscar a alguien, iba a ser seguramente a mí.
Yo vi el temor en sus ojos, pero lo desestimé: Juan nunca había hecho otra cosa que simpatizar con el partido de izquierda opositor al gobierno. A sus 18 años, no tenía la más mínima relación con la organización subversiva.
Luego de eso ocurrió una vorágine de hechos: huimos al país vecino con mi compañera y nuestro hijo mayor de un año y medio, enfrentamos allí la lucha por sobrevivir, rodeados de agentes de los militares de nuestro país por todos lados, siempre peligrando que ellos o los comandos llamados de caza de comunistas nos liquidaran y se llevaran a nuestro hijo. En medio de estas inquietudes llegó nuestro segundo hijo, prematuro, un cachorrito minúsculo de 1,9 kg. Vivimos el compañerismo que era como abrazarnos con nuestros compatriotas y camaradas para paliar la angustia. Continuamos la huída luego de refugiarnos en las Naciones Unidas. Siguieron el enorme avión de Lufthansa que nos llevó, el alivio de que en el país de las sombra largas no éramos perseguidos para matarnos o torturarnos, la lucha por aprender un idioma extraño y difícil…
Nos llegaban de tanto en tanto los rumores de las terribles torturas sufridas por los compañeros que habían caído en el grupo de Juan. Nos enteramos de que Juan había sido ¿ procesado…?
Luego de años volvimos a reunirnos con Juan, ya mayor, ya casado. 


continuará

Ricardo Ferré

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