domingo, 1 de noviembre de 2015

Hoy preciso…

Hoy preciso…





Hoy preciso la tibieza de una flor para acariciar el temblor de sus pétalos a mi lado...
Hoy preciso compartir las alas de un ángel palpitando en silencio su perfume...
Un ángel que pinte mis alas de ternura,
que deshoje mis pétalos de invierno,
tiernamente,
que arrope a mis niños abandonados,
en los arrabales de miseria,
que entibie las lágrimas que nunca pudieron caer,
que fecunde con ellas mis estepas congeladas,
que acoja en el silencio del cariño,
mis aristas de diamante loco,
los temblores de mis peñones hambrientos
en el puerto tibio de su regazo suave
y reciba en sus surcos palpitantes
los plantines, las espigas, los carozos.

Ricardo Ferré

domingo, 19 de octubre de 2014

El Primer Paquete V: Los primeros tiempos en Buenos Aires

El Primer Paquete V
Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
Los primeros tiempos en Buenos Aires

La bestialidad
Veníamos de Carmelo, que fue despertando lentamente de su pacífica siesta subtropical desde unos seis años antes, para ser sacudido profundamente por la fractura sísmica que implicó el aquelarre infernal de torturas, violaciones y despojos de enero hasta febrero del ´74 que cometieron los militares uruguayos de la zona.
Nunca pude comprender claramente el porqué de ese siniestro operativo represivo. Uno de los defectos de la tortura es que, si se ejerce sobre alguien inocente, puede dar resultados ilógicos e inesperados. Cualquiera que no tiene ninguna relación con lo que inquieren, bajo apremios brutales, choques eléctricos llamados "picana", inmersión en agua hasta el borde del ahogo, llamado "submarino" o simplemente "tacho" va naturalmente a firmar lo que le ofrezcan para ello y puede entregar a absolutamente cualquiera, del que tenga la mínima aprensión de que tenga alguna relación con lo investigado.
Tampoco puedo entender cabalmente como una persona, en este caso un militar, que viene de mi misma clase social y tiene esencialmente una formación y unos valores parecidos, puede caer en cometer tortura. ¿Por un sueldo, por ambición de ascender en la jerarquía...?
La tortura no es para nada una acción lírica y prístina. Está impregnada de olores a heces y a todas las excreciones humanas y bañada por las mismas, por el sudor, las lágrimas, la sangre, la saliva, la orina y los excrementos humanos, para no hablar de los ruidos: llantos, aullidos, gritos, lamentos... Quien acepta ejecutarla está mancillado por todos estos elementos. Si es que, como sostienen los militares actualmente, lo hicieron "para salvar a la patria" del monstruo comunista o socialista o tupamaro, ¿por qué entonces ahora ocultan y no asumen, hasta con orgullo, sus obras? Porque a esta altura negar que cometieron todas estas aberraciones es imposible. Ya hay varios hallazgos probatorios, como el del maestro Julio Castro, a quien nadie puede acusar de haber alguna vez empuñado un arma, de quien apareció su cráneo con dos balazos a corta distancia, además de miles y miles de testimonios de gente que padeció estos métodos. Estimo que, de los aproximadamente cincuenta que fueron masacrados en el cuartel de Colonia a principios del año 74, por lo menos cuarenta no tenían la más mínima relación con el movimiento tupamaro, aunque confesaron ser militantes del mismo y sufrieron los años de cárcel correspondientes.


Cuadro "Los Setenta III" de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
La Llegada
Más que llegada fue una caída...de culo, pero zafamos de un verdadero infierno.
Luego de una corta estadía en el primer hotel que encontramos, tratamos de quedarnos unos días en la casa de una prima de Lir, pero el marido nos echó casi inmediatamente. Pero la prima nos ayudó, recomendándonos  un hotel barato en pleno centro de la capital y refiriéndonos a la oficina de ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados. No bien nos asentamos en el hotelito, fuimos a inscribirnos como refugiados en una iglesia bastante cercana.

El hotel y el diario Clarín
Se imponían dos tareas: buscar trabajo y alojamiento permanente, así que, como los anuncios del diario Clarín servían para ambas tareas, yo me levantaba todos los días a las dos o las tres de la mañana para ir a comprar este periódico y enseguida ponerme a buscar afanosamente algún cuchitril cuyo depósito y alquiler pudiéramos pagar y por otro lado algún trabajo.
Recorrimos varios lugares posibles, pero había una demanda enorme de departamentos, así que en todos los casos no pudimos concretar nada.
Parece que los uruguayos recién llegados vagábamos por las calles céntricas de la capital argentina como alma en pena, buscando algún rostro conocido, alguna voz amiga de nuestro país.
Fue así que me encontré con mi viejo compañero de estudios Mario. Mario era entonces un brillante profesor de matemática de la Universidad de la República y había sido contratado, junto con todo el equipo de colegas de Montevideo, en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires. Todos sus colegas del instituto de matemática de la Facultad de Ingeniería habían quedado desempleados en Uruguay porque los militares habían decidido cerrar la universidad, que era única en el país en ese entonces, por todo el año. Otro de los profesores uruguayos había gestionado entonces trabajo docente para todo el equipo, aprovechando el hecho de que la Universidad de Buenos Aires tenía en ese momento una avidez tremenda por profesores capacitados debido al ingreso de nada menos que 80.000 estudiantes nuevos ese año. Sin duda la caída de la dictadura militar y las elecciones parlamentarias y presidenciales habían hecho germinar en la juventud ansias de estudiar y de vivir respirando un aire más democrático.
Mario me animó a presentarme a un concurso para profesores de matemática de la Facultad de Ingeniería de la universidad local. Era la única opción clara que tenía para conseguir un trabajo, así que me presenté. El resultado estuvo listo a los pocos días: aprobado.
Las clases comenzaban muy poco después, en el mes de marzo, así que muy pronto estaba instalado con mi pantalón único y mis zapatos de suela agujereada, dando clases de práctica en el local de la facultad en la calle Paseo Colón. Allí me encontré con algunos conocidos de la facultad correspondiente de Montevideo. Gonzalo siempre tenía el mate pronto en las oficinas de matemática, lo que le daba un matiz bien uruguayo a esos locales y me hacía sentir como en casa.
Aparte del trabajo, yo andaba como desesperado buscando a uruguayos conocidos que estaban en Buenos Aires, varios de ellos perseguidos como yo por los militares. Fui a ver al ex senador Erro, que había sido objeto de desafuero de la cámara por su defensa de la vigencia plena de la constitución y los derechos humanos. Erro había hecho formar una comisión con su nombre para investigar justamente los sucesos de Mercedes en que yo había caído preso, pensando que, debido a la cantidad de procesados, habrían sobrevenido torturas, como efectivamente había sido.
También fui a hablar con Carlevaro, ex decano de la Facultad de Medicina de la  universidad uruguaya. Creo que esperaba que me dieran ánimo para afrontar el exilio y compartir el repudio a los métodos brutales de los militares  uruguayos.

Eduardo
En la búsqueda tenaz de un lugar donde ir a vivir con mi compañera e Ismael, fuimos a conectar a Eduardo, un amigo de Ruthita, la hermana de Lir.
Hacía pocos días que había fallecido su padre, que vivía solo con él en el barrio San Fernando, a orillas de uno de los brazos del delta del poderoso río Paraná. Su hermano con su esposa e hijos, había decidido irse a vivir a la casa paterna, junto con Eduardo, para que éste no estuviera tan solo.
Como su hermano tenía un apartamento en la localidad vecina de Tigre, éste iba a quedar desocupado y pronto arreglamos para ocuparlo con mi pequeña familia. Fue maravilloso, como caído del cielo, después de la fuga, la estadía en el hotel y el peregrinaje nocturno en busca de alojamiento en las páginas del diario Clarín.

Cuadro "Los Setenta II" de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
El apartamento de la calle Tacuarí, Tigre
El apartamento era en planta baja de un edificio de unos cuatro pisos. Era bastante nuevo  y confortable. La familia del hermano de Eduardo nos dejaba casi todos los muebles y electrodomésticos: ¡era fantástico!
Si bien quedaba a una hora de tren pendular del centro de la capital, era de todos modos un lugar donde podíamos vivir tranquilo, ciertamente mucho más que si nos hubiéramos quedado dentro de los límites de la capital.
Rápidamente lo ocupamos y arreglamos con el dueño para hacerle la entrega usual de dinero para la entrada y el monto del alquiler.

En la Facultad
Para ir a mi trabajo en el local de la Facultad de Ingeniería en la calle Paseo Colón, en pleno centro, tenía que tomar un tren hasta la estación Retiro, viaje de una hora, y de allí un ómnibus más cuyo recorrido llevaba unos diez o quince minutos más. Pero no importaba. Teníamos casa y yo tenía mi trabajo; la vida comenzaba a sonreír otra vez. Encontramos un jardín de infantes para Ismael bien cerca y nos hicimos amigos de Maru, la prima de Eduardo que vivía unos pisos más arriba en el mismo edificio. Ella nos ayudó mucho, y a veces se quedaba cuidando a Ismael en su casa cuando nosotros teníamos que salir los dos.
Yo trabajaba junto con dos colegas a cargo de un grupo de práctica del primer año de la facultad. Era un grupo enorme, de unos sesenta alumnos, pero las clases fluían suavemente y los alumnos eran todos muy agradables, a pesar de mi precaria indumentaria. Se notaba que querían aprender y aceptaban nuestra tutoría de buen grado, preguntaban y mostraban su respeto.
Puesto que la universidad había quedado en manos de la izquierda del triunfador partido peronista, los docentes y funcionarios argentinos con quienes teníamos contacto, eran afines a dicho sector político y por ende amigables con los uruguayos a quienes sentían ideológicamente cerca y con quienes eran solidarios también porque habíamos sufrido el cierre de nuestra  universidad.
Había algunos personajes legendarios de la historia de la izquierda argentina. Recuerdo a una colega que era sobreviviente de la guerrilla de Taco Ralo, una localidad de la provincia norteña tropical de Tucumán, llena de bosque autóctono, donde dicho grupo guerrillero pensó en asentarse, para ser luego derrotado y tomados prisioneros o muertos sus integrantes.
Un inconveniente resultó que la esposa del hermano de Eduardo, la anterior ocupante de nuestro apartamento, se enojó con nosotros un buen día y se llevó todas sus pertenencias, así que nos quedamos sin electrodomésticos y sin cama matrimonial. Creo que quedaron un par de camitas de niño y el juego de comedor que pertenecía al padre de Eduardo.

Juan
Tuve la alegría de tener en mi equipo docente a Juan. Pese a su nombre de gaucho rebelde, Juan era un compañero y colega bondadoso, solidario y sencillo. Tenía apenas unos veinte años y había venido a Buenos Aires por el mismo motivo que los profesores: los militares había clausurado la  universidad uruguaya,  para tratar de continuar sus estudios de ingeniería y también se había presentado al mismo concurso en que  yo intervine.
Compartíamos las clases de matemática, largas caminatas por la inmensa ciudad y luego Juan frecuentaba nuestro hogar de la calle Tacuarí, en el Tigre. También muchas veces estudiábamos y preparábamos nuestras clases.

El profesor Sadosky
El afamado profesor Manuel Sadosky también nos acogió a los uruguayos con los brazos abiertos y fue como un padre-colega para todos nosotros. Sadosky había sido profesor de la universidad de Córdoba cuando la llamada "Noche de los Bastones Largos". En una protesta universitaria contra el régimen opresivo, los uniformados se había equipado con bastones largos especialmente para ese evento y repartieron garrotazos con ellos a todos los manifestantes, estudiantes y hasta docentes.
Luego de ésto, Sadosky había tomado el camino de exilio, como tantos otros latinoamericanos en esas épocas, para Uruguay, donde trabó o reafirmó muchas relaciones y contrajo cariño por el pueblo y los colegas uruguayos. Cuando retornó a su Argentina conquistó merecidamente posiciones de gran responsabilidad y en ese período ocupaba un alto puesto universitario. En su casa siempre éramos bien recibidos y nos acogía con palabras de aliento bien necesarias en esos momentos difíciles.

Rodrigo
En el departamento de matemática conocí a Rodrigo. Él era un compañero tupamaro que había estado preso en el penal de Libertad hasta recientemente, cosa que se notaba por su pelo bien corto, apenas saliendo del rapado a que sometían los carceleros a los presos políticos.
Rodrigo se  había casado con su esposa Judith, estudiante de matemática entonces, en el propio penal. A su matrimonio permitieron concurrir a varios de los colegas del cuerpo docente de la facultad de ingeniería y amigos de la pareja. Él, como los otros que venían del departamento de matemática de la facultad montevideana, tenían méritos importantes y pasaron a ocupar cargos correspondientes a sus conocimientos también en Buenos Aires.
Era casi obligado que yo también cursara estudios universitarios en Buenos Aires, a causa de mi pequeño cargo docente, así que me inscribí en la Facultad de Ciencias, especialidad matemática y comencé a dar exámenes, llegando a aprobar algunos. Tanto mi carrera docente como mis estudios universitarios se vieron quebrados más adelante, por causas que pasaré más tarde a relatar.


Ricardo Ferré
Octubre de 2014

lunes, 13 de octubre de 2014

El Primer Paquete IV, 4a. Parte: La fuga de Carmelo



El Primer Paquete IV
 Matanza de Charrúas, Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay


4a. Parte: La fuga de Carmelo

Al sol, al sol
Después de más de un año con la nariz detrás de rejas, naturalmente estábamos ansiosos por disfrutar del sol en un espacio abierto y con vista al azul del agua. El invierno se aproximaba, pero al abrigo en la playa Seré, con el calorcito del astro rey, se pasaba muy bien. Allá marchábamos entonces con Ismael llevado entre los dos en su especie de camilla de plástico en que iba semi acostado y nosotros lo portábamos de dos correas laterales, entre los dos. No nos costaba más que el pasaje de bus: era un pasatiempo muy agradable  y muy barato.

Traidores a Artigas, Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
Presentaciones al cuartel
En calidad de ex presos tupamaros, teníamos que presentarnos cada dos semanas ante la autoridad policial y militar: Lir a la comisaría que quedaba a dos cuadras y yo al cuartel de Colonia, cuya visita me hacía correr un relámpago por la columna vertebral. Pero allá iba  dos veces por mes; en caso de no concurrir habría quedado inmediatamente requerido para mi captura por las llamadas "Fuerzas Conjuntas", es decir las fuerzas armadas y la policía en conjunto.

La venta de libros
Nuestro amigo querido Umberto, que tenía una librería le había dado unos libros que Lir vendía en la vereda, aprovechando que la casa de sus padres, donde vivíamos entonces, quedaba a sólo una cuadra de la plaza céntrica de Carmelo  y en camino hacia el liceo local.
De todos modos, contábamos con el ingreso de mis sueldos por el trabajo de profesor de educación física, que se mantuvieron durante todo mi cautiverio y durante los primeros tiempos luego de liberado.

La moto
Lo antes que pudimos fuimos a buscar nuestra motocicleta, una Yamaha de 100 cc, provista de dos cilindros de 50 cc cada uno, con guardabarros niquelados y la rueda posterior más ancha que la delantera: una verdadera joya, sobre todo después de haber estado sin desplazamiento alguno por tantos meses. La moto había quedado en la casa de mi hermano, en el balneario Shangri-Lá, cerca de Montevideo, pero de allí la había llevado para guardarla Pedro, amigo y colega de mi hermano. Cuando estaba en el cuartel, durante la tortura, los milicos me preguntaban por la moto, creyendo, que me la había dado "la organización" que era como llamábamos los tupamaros a nuestro movimiento clandestino, también posiblemente deseándolo, con ganas de quedarse con el vehículo. Mi ex colega, como profesor de matemática del liceo, que era el jefe del cuartel, aventó estas sospechas, tal vez apiadado de encontrarme en esas penosas condiciones de relación.
En la Yamaha íbamos a la playa con Ismaelito entre nosotros dos, protegido del viento frío. También en la moto íbamos a veces  hasta la chacra del padre de Lir, que quedaba en las afueras del pueblo, y también a buscar verduras, que vendía muy baratas directamente el quintero. Llevábamos un cesto que traíamos de vuelta colmado de legumbres frescas. Ismael recibía frutillas y algunas frutas del campesino y de su mujer.
Finalmente vendimos la moto. Eso fue lo que nos permitió pagar los viajes posteriores y los costos de estadía en Buenos Aires.

Las visitas al Negro
Inmediatamente luego de salir, naturalmente de las primeras cosas que hice fue averiguar donde estaba preso mi hermano para ir a visitarlo. Al principio era la Cárcel Central de Montevideo, ubicada en el centro de la ciudad, en la Jefatura de Policía de la misma. Allí estaba de "llavero", es decir de guardián un hermano del conocido atleta Viterbo Rivero, con quien habíamos estado y hasta alguna vez seguido en sus corridas por gran parte de la gran ciudad, saliendo desde la Pista de Atletismo.
Cuando a mi hermano lo trasladaron al Penal de Libertad, llamado pomposamente por los milicos "Establecimiento Militar de Reclusión No. 1", tuve que peregrinar, compartiendo el destino de muchos familiares porque había que ir en bus hasta el camino de entrada para luego recorrer varios kilómetros hasta el edificio en sí. Los militares tenían allí confinados a los presos políticos, entonces en su mayoría de origen tupamaro o bien personas resistentes a los golpes e intentos de golpe de estado. Algunas veces llevaba a Ismael conmigo. Los milicos y las milicas de guardia se esforzaban por controlar y humillar de paso a los familiares. Recuerdo una vez que una milica, creyendo que Ismael había pasado a darle un beso a su padre le preguntó al niño de un año y medio qué le había dado su "padre". El niño naturalmente no sabía que hacer  y permaneció mudo, intimidado.
También me pareció que tenía que manifestar solidaridad con los compañeros que habían quedado presos en Mercedes, así que fui algunas veces en mi moto para llevarles algunas revistas y libros que había conseguido, insignificancias tan sólo para expresar que pensaba en ellos y que compartía su destino, aun desde afuera de la cárcel y también para tratar de trasmitirles un soplo de aire de libertad..

Las fiestitas con vino del vasquito
A veces, aun dentro de nuestra humildad, nos hacíamos alguna fiestita familiar con panceta galletitas y una botella de vino del "vasquito" Zubizarreta, que era del mismo pueblo, vino delicioso, pero de pobres. Las traíamos de la provisión de "Anteojito", popular en el pueblo, que quedaba al lado de la heladería de nuestro amigo Chiquito Perrini..

El trabajo en la Plaza de Deportes
No bien llegué a Carmelo desde la prisión, me reincorporé a mi trabajo como profesor de educación física en la Plaza de Deportes del pueblo.
Como era al principio del año lectivo, me asignaron grupos y horas para hacerme cargo de ellos. Luego de un tiempo, los militares endurecieron su postura hacia los liberados y en general la gente de izquierda y me despidieron de mi trabajo, luego de un par de meses en sumario, es decir a consideración de ser expulsado, a medio sueldo. No quedaba otra que recurrir, por un lado a la venta de libros de Lir y a mis clases particulares de matemática y de educación física, enfocada sobre todo a la enseñanza de defensa personal y karate. Alguna gente solidaria, conociendo mi situación, me enviaba sus hijos a mis clases particulares, tanto a las de una disciplina como de la otra.

Homenaje a Caudillo, Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
El golpe de estado y la huelga general
Apenas a unos pocos meses de mi liberación ocurrió el golpe de estado, por el cual los militares disolvieron el parlamento y tomaron las riendas del gobierno, aun manteniendo al presidente, pero entonces sin ningún poder de decisión. En Montevideo la central sindical intentó una huelga general, con algunos dirigentes discrepantes, que. como sea, no logró quebrar el dominio militar, culminando con algunos militantes gremiales y algunos dirigentes presos. A Carmelo, con la prensa auto amordazada por los intereses materiales, no llegó más que un eco muy lejano de la resistencia sindical. Yo estaba recién salido de la cárcel, con un pié fuera de mi trabajo, sin contactos con mi gremio, recientemente expulsado por la policía hasta de la celebración de Primero de Mayo, así que me encontré impotente para hacer nada. Asimismo, cualquier movimiento en falso de mi parte habría significado un boleto de ida sin vuelta a los plantones y a las cámaras de tortura del Cuartel de Colonia.
En medio de todo ese desaliento y de ese ataque al escaso poder que le brinda la democracia existente al pueblo, hubo un gesto de dignidad y de valentía ciudadana. Mi amigo Umberto y el agrónomo del pueblo, se pusieron a la orden de la organización tupamara que ellos identificaban claramente como la que había opuesto resistencia armada al poder militar. Si bien puede considerarse natural de un ciudadano fiel que oponga resistencia armada a un poder dictatorial que disuelve el parlamento, en esas circunstancias este gesto tenía obvias connotaciones de heroísmo.
Yo no podía ofrecer ninguna posibilidad de encuadramiento a estos patriotas ejemplares porque nuestra organización estaba desmembrada, desarmada y destruida, así que ellos no pudieron poner en la práctica su sentimiento, que, por otra parte no habría hecho más que conducirlos prontamente a la tortura, probablemente.
Mi respeto absoluto para estos valientes patriotas.

Turel y Kel, Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
El gran raid militar
Yo había recibido instrucciones severas de irme del país, por parte de mi amigo, colega y compañero de militancia Tito, debido a que él sabía que los militares tenían información comprometedora acerca de mí; no sin poco riesgo, él le había trasmitido este mensaje a su compañera Rosario en una visita al Penal de Libertad, donde él estaba preso.
Cerca de fin de año yo todavía no había logrado decidirme a irme para Buenos Aires, que vivía el entusiasmo primaveral de la caída de la dictadura militar y la asunción de un gobierno civil.
Entonces, al principio de a pocos, fueron cayendo en prisión algunos viejos conocidos de la militancia clandestina. Para principios del año siguiente, 1974, las caídas en forma de goteo, se habían convertido en un torrente de detenidos y torturados, la mayoría de ellos de izquierda, y la mayoría sin tener nada que ver con el movimiento tupamaro, aunque acusados y denunciados en la prensa y por los milicos por esta falsedad.
De la ciudad cercana de Colonia y de su cuartel llegaban rumores de torturas infernales.
Nuestra compañera, madre de cinco hijos y dedicada a ellos luego de pasar por la cárcel y el establecimiento para mujeres, había sido llevada al cuartel, violada y procesada por la justicia militar a varios años de reclusión. Ésto se debía, más que posiblemente, a que los militares querían quedarse con su yate y sus vehículos, dos jeeps y un camión.
Más tarde nos enteramos que habían matado en la tortura al heladero, nuestro amigo Chiquito Perrini.Se reconoce ahora la existencia de unos 200 delatores, que entregaban a sus vecinos del pueblo de los que sospechaban ser de izquierda o bien hasta por pura enemistad personal.
 Yo veía repicar las balas por todos lados: vecinos, ex compañeros, conocidos de la militancia y otros que no tenían nada que ver. Un día me encontré con Danilo, a quien yo sabía implicado periféricamente y le aconsejé que se fuera. Me dio una excusa para no hacerlo, como si fuera yo el que decidiera meterlo preso, y casi en los días inmediatos, también cayó. En esas circunstancias, mi fuga era más que urgente. Podía caer en cualquier momento.
Pero Lir, que estaba embarazada, tenía pérdidas y yo me negaba a dejarla sola en esas condiciones. Finalmente, el doctor Emilio, amigo generoso y entrañable, 
quien luego también pasó por la tortura del cuartel de Colonia, pero quedando luego liberado,
 le recetó una medicación que la mejoró rápidamente.
Para rematar el sentimiento de asedio como si estuviera como una fiera del zoológico, un buen día estaba dándole clases de matemática a Jorge, hijo de Umberto, cuando golpean a la puerta de nuestra casa. Yo salí a la terraza, desde donde se veía la puerta desde arriba y ví que estaba el hermano de Jorge con un jeep militar. Lo primero que pensé, naturalmente, era que me venían a buscar a mí: ¿a quién otro podía ser? El chico niega con su cabeza y me dice que es a Jorge a quien buscan. Le comuniqué a Jorge lo que pasaba y abracé a mi compañera: 
¡no fue a mí...esta vez! 
No tuve gran preocupación por Jorge, quien tenía tan sólo 18 años, sabiendo que él no estaba involucrado en nada clandestino. Sin embargo, Jorge se vio sometido a vejámenes y tormentos inauditos y luego fue procesado como si hubiera pertenecido al movimiento guerrillero, sin haber hecho jamás nada clandestino.
.(Ver: http://federaciondebasespatriagrande.blogspot.com/2010/08/mi-amigo-juan-el-caciquillo-parte-i.html)
Pero este episodio no hizo más que subrayar la necesidad inminente de ¡huir, huir...!

La fuga por el aeropuerto
Lo planeamos rápidamente, sin dilaciones.
Tenía que ser por Montevideo, donde seríamos anónimos.
Tomamos el bus más apropiado para la capital, levantamos a Ruth, la hermana de Lir por si nos pillaban en la huída, para que ella se quedara con el nene, y finalmente fuimos al aeropuerto para tomar el vuelo más próximo a Buenos Aires. Para colmo, vimos en el aeropuerto a un conocido de Mercedes con fama de colaborador.
Subimos finalmente las escaleras del avión, como si tuviéramos alas, yo adelante con Ismael en brazos y Lir, más lenta por su convalecencia, más atrás.
Era el 4 de febrero de 1974.
Ese día, de veras, cayó un granizo tremendo sobre Montevideo, que apedreó duramente la ciudad. Los vidrios de la azotea de mi padre quedaron destrozados por las piedras enormes.

Ricardo Ferré
Octubre de 2014

viernes, 10 de octubre de 2014

El Primer Paquete III: El primer Día de Los Trabajadores

El Primer Paquete III



El primer Día de Los Trabajadores


Todo había empezado cuando salimos mi compañera Lir y yo de prisión.
Ella estaba en un establecimiento especial para mujeres que no habían sido procesadas, o sea que en general, habiendo sido sometidas a juez competente, éste no había encontrado motivo para procesarlas, en otras palabras: desde el punto de vista legal eran inocentes.
Pero una ley llamada de Medidas Prontas de Seguridad permitía de todos modos al Poder Ejecutivo, representado por los militares a cuyo cargo estaba la represión, de retenerlas privadas de libertad. En ese lugar se encontraban también veteranas tupamaras que habían cumplido su período de prisión, según el juez, pero allí estaban a criterio de los militares. Podían estar también aquellas que simplemente fueran consideradas sospechosas de actividades ilícitas.
Las personalidades, grados de experiencia de lucha y grados de compromiso con los principios revolucionarios eran harto heterógeneos.
Algunas tenían a sus hijos consigo, niños presos, algunos de ellos nacidos en prisión, y otras eran muy jóvenes. Tenían sus reuniones y sus actividades colectivas tales como manualidades, etc.
Aproximadamente luego de un año de que Lir estaba presa, los militares, que ya tenían el poder del gobierno, para congraciarse con el pueblo, decidieron impulsar medidas de liberalización, entre otras dejar en libertad a las personas no procesadas y a aquellas que los jueces consideraran que habían cumplido su período razonable de prisión. La consigna de las compañeras fue entonces, la de hacer solicitar la libertad de todas sus parejas que estuvieran aún en prisión y tuvieran posibilidad de conseguir el aval del juez.
Entre esas estaba yo. Tenía una sentencia mínima que era excarcelable a los dos o tres meses. Todos pensaban que esta sentencia no era razonable, puesto que yo había reclutado a varios de los compañeros que estaban aún, o que habían estado en la cárcel conmigo y debía, entonces tener mayor antigüedad en la militancia clandestina. Por eso mi abogada no había pedido mi libertad ante el juez aún, pues pensaba que los militares me iban a encarcelar aplicando la ley discrecional vigente y que, entonces, iba a quedar en sus manos, pronto para ser torturado no bien creyeran que tenía alguna información que les interesara, o bien por puro placer sádico, cosa que sucedía en algunos casos.
Cuando salió Lir, yo me sentí enormemente aliviado porque ella inmediatamente se  hizo cargo de Ismael, que había recorrido varios hogares hasta finalmente quedar a cargo de una pareja de buenos amigos que lo trataban como a un hijo más, el más pequeño que tenían.
La etapa de prisión mía es un tema aparte que tendría que describir en un relato más extenso. De todos modos puedo contar que estábamos juntos doce compañeros procesados al mismo tiempo en la cárcel para presos comunes de Mercedes, en un pabellón especial para nosotros compuesto de tres celdas, baño común, un patio de unos 15 m por 5 de ancho y una pequeña cocina techada pero sin abertura. Nos custodiaba permanentemente un guardia militar que estaba frente a un portón enrejado de salida del patio. Nos abrían las celdas a eso de las 8 de la mañana y las cerraban con llave a eso de las 8 de la noche. De noche permanecíamos encerrados cada cual en la celda que le correspondía. No nos torturaban ni nos acosaban, así que pasábamos confinados, pero relativamente tranquilos. Mis grandes preocupaciones fueron siempre por un lado el cuidado de Ismael, que recorrió varios hogares sin tener uno permanente y por otro lado el estado de salud de mi compañera.
Cuando Lir salió de su prisión y pudo ir a Mercedes inmediatamente presionó a mi abogada, que había sido compañera mía de trabajo en el liceo local, para que pidiera mi liberación al juez. Era el momento justo para hacerlo. Si se hubiera hecho antes lo más posible es que los militares me habrían llevado al cuartel, si después, habría encontrado condiciones mucho más duras y es posible que fuera reprocesado por la así llamada "justicia militar", que no era otra cosa que un castrense enemigo determinando cuánto tiempo más tenías que pasar en prisión.
 Lir me iba a visitar y entonces nos concedía una visita en horario especial, fuera de los horarios normales, porque ella venía de Carmelo y no tenía ningún bus que llegara a tiempo. Me llevaba a Ismael, que tenía entonces unos 18 meses. En esas condiciones, nos asignaban la oficina del alcaide de la cárcel para encontrarnos y conversar. Durante una de las visitas éste nos había ofrecido galantemente su sillón de escritorio para que pudiéramos sentar al pequeño. Lir lo había puesto sin pañales, para descansar un poco la piel de su cola. Se nota que Ismael quiso entonces contribuir a la lucha de la liberación nacional, porque descargó su intestino en una cagada soberbia sobre el sillón.
Después de un par de meses luego de que mi compañera fuera liberada, un buen día escuché el famoso "con todo", esta vez precedido de mi apellido. En jerga carcelaria, ésto quería decir que saliera llevando todas mis cosas, en otras palabras que me iba de la cárcel.
Mi reacción fue muy mezclada. Por un lado la esperanza de poder reunirme nuevamente con mi mujer y mi hijo, por otro lado el temor, casi la seguridad, de que me iban a estar esperando los militares para llevarme de vuelta al cuartel, como solían hacer cuando algún compañero era puesto en libertad por el juez. Me dieron mis modestas cosas: mi reloj, mi billetera, tal vez mi chaqueta de cuero y caminé por el pasillo empedrado de la salida rumbo a los enormes portones metálicos de la salida a la calle, con la casi seguridad de que un jeep militar me iba a estar esperando en la vereda.
Salí a la intemperie y ...nada; no se veía ningún vehículo. Tan seguro estaba de que me estarían esperando, que miré unos instantes en la dirección de llegada de la calle flechada pensando que por algún motivo, vendrían retrasados.
No podré explicar nunca el alivio enorme que sentía cuando comprobé que nadie venía a llevarme al cuartel. Di vuelta la esquina de la cárcel como volando de tan leve que me sentía. Hacía muchos meses que no andaba libre por la calles de Mercedes, así que me quedé algo indeciso sobre qué rumbo tomar y caminé entonces mecánicamente por la calle. Había andado unos doscientos metros cuando me encontré en una esquina con mi viejo compañero de voleibol, el Negro Pedro, que me dio un abrazo y nos pusimos a conversar en la vereda. Al poco rato se nos une Jorge, uno de mis viejos y queridos alumnos de liceo y de atletismo. Como era de tarde y no tenía bus para Carmelo hasta el día siguiente, Jorge me llevó a su casa para ofrecerme una cama hasta la mañana siguiente. Nunca podré olvidar su gesto de solidaridad. Llevarme a mí a su casa implicaba en esos momentos un peligro claro de ser considerado sospechoso por los militares.
Al otro día la madre de Jorge me despierta temprano, me despido de los dos y voy a tomar el bus que me llevaría a los queridos de mi pequeño núcleo familiar, 
Ya en el bus me encontré con una maestra perteneciente a una familia amiga, que me saludó alegremente como si no pasara nada.
 Llegado a Carmelo, nos sentíamos extraños los tres por una situación que no habíamos vivido, la de estar otra vez juntos y rehacer la red de nuestras relaciones. Pero era la vida que nos ofrecía un nuevo comienzo, con todo el entorno como cambiado drásticamente de color por el hecho de estar marcado por haber estado preso, por la derrota militar de nuestra organización tupamara, por reanudar todos los contactos con amigos, familiares, colegas y alumnos.
Como a las dos semanas de mi liberación era el Primero de Mayo y Carmelo tenía una pequeña concentración con ese motivo en un lugar abierto.
Como yo consideraba casi sagrado el Día de los Trabajadores, no podía menos que concurrir. Fuimos los tres, con Ismael en una especie de camilla que llevábamos entre su madre y yo de unos cordones laterales.
Apenas hacía unos minutos que habíamos llegado, cuando nos preparábamos para escuchar la oratoria el poder policial nos frustra un promisorio festejo de los trabajadores del mundo: llegan dos "tiras", policías vestidos de particular y nos comunican que no podíamos estar allí...

Ricardo Ferré
Octubre de 2014

lunes, 6 de octubre de 2014

El primer paquete II


El Primer Paquete II


2a. Parte

Rosario
Rosario también nos visitaba a veces. Era nuestra amiga desde Carmelo, donde nació Ismael, y también había huido con sus dos hijos de la represión militar que se abatió sobre la ciudad en ese tiempo. Compartíamos con ella alguna pizza hecha en el horno de nuestra vieja cocina a supergas que habíamos recogido de los desechos. Nuestra vecina Maru nos había avisado u n día que había una cocina vieja en un contenedor, y allí fui yo a buscarla. El horno no calentaba bien porque estaba lleno de agujeros del óxido. Rosario era la compañera de un integrante de mi grupo tupamaro y viejo colega de educación física  y amigo. Ella no actuaba en operaciones, pero sabía de las actividades de su marido y hasta había escondido algún arma en su jardín. Ella me había trasmitido la instrucción, obtenida durante una visita a su compañero preso, de que tenía que irme del país porque los milicos tenían información sensible sobre mi actuación. Ella no había estado en prisión, pero cuando llegó una represión tremenda a la ciudad donde vivíamos, Carmelo, donde había nacido Ismael, su esposo preso de alguna manera comprendió que ella estaba en un gran peligro. 


Durante una visita a la prisión él le pasó con un beso en la boca una "pastilla". Esas pastillas se fabricaban con finas hojas de papel de armar cigarrillos escritas con letra muy pequeñita. Luego se envolvían en un trocito de hoja de plástico y se ataban fuertemente con hilo de coser; quedaban del tamaño de un botón. Era un riesgo enorme si los carceleros notaban algo raro durante la visita, pero él pensó que era muy urgente trasmitirle a Rosario esa información. En la "pastilla" había escrito que ella tenía que irse del país, a Buenos Aires, y llevarse a sus dos hijos consigo. Es muy posible que gracias a ese gesto heroico de su compañero, Rosario se haya salvado de la orgía infernal de torturas y bestialidad descarnada que condujo a la muerte de Chiquito Perrini, el heladero del pueblo y amigo nuestro y a la masacre brutal de más de medio centenar de jóvenes y algunos mayores en las mazmorras de tortura del cuartel de la ciudad de Colonia, incluidas varias violaciones, entre otras de una compañera madre de varios hijos.
Un día, comiendo una pizza con orégano, se le trabó una ramita en la garganta. Estaba muy dolorida  y la llevamos al hospital del barrio, pero a ese entonces ya se  había tragado la ramita, pero le quedaba el dolor que le hacía parecer como que todavía la tenía atravesada en la garganta.
Resonaba frecuentemente su risa cristalina, pero se notaba su tristeza por haber dejado a su compañero preso y por encontrarse forzada a vivir y trabajar en esa gran ciudad acompañada sólo de sus dos hijos.



Gonzalo
También venía Gonzalo con su familia. Gonzalo era un matemático brillante que fue contratado con todo un equipo de excelentes profesores de matemática uruguayos de la Facultad de Ingeniería, que habían quedado sin trabajo en Uruguay por el cierre de la Universidad de la República por todo ese año, ordenado por los militares. Con Gonzalo nos tirábamos a las aguas, posiblemente contaminadas, del Río Luján para nadar. Gonzalo tuvo que emigrar luego de ésto finalmente para Venezuela contratado como profesor en una universidad venezolana, cuando nos despidieron a todos los profesores de la Universidad de Buenos Aires, al ser intervenida por un cambio político. Gonzalo era asimismo un notable pintor, y culminó una increíble exhibición de dotes sobresalientes ganando luego de unos años un concurso de poesía en Uruguay. Fue uno de los pocos que obtuvo su grado de Licenciado en la Universidad de Buenos Aires, usufructuando los profundos conocimientos de matemática que ya transportaba desde Uruguay.
Sólo una persona tan notable puede ser modesta y hermosa al grado que era Gonzalo.
Gonzalo siempre venía con su familia, su mujer Beatriz y sus dos nenas cuando estaba soleado y siempre íbamos a la orilla del río a tomar mate a la uruguaya, con el agua caliente en un termo. Veíamos a los argentinos, que cebaban con una calderita, que ellos le llaman una pava, teniendo que recalentar el agua con un pequeño calentador que también tenían que llevar consigo.

Las inundaciones
Llegado el otoño, se registraron fuertes tormentas, con las abundantes lluvias consiguientes.
Un buen día salí a nuestra calle y me encontré que el río cercano había extendido sus brazos ciñendo la cuadra nuestra y que había una profundidad de más de un metro en el medio de la calle.
Cuando salió el sol, el agua aún no se había contraído, andaban botes enfrente mismo de nuestro apartamento en planta baja y algunos chicos del barrio aprovechaban para tirarse al agua casi desde la puerta de sus casas.
Cuando tenía que ir a trabajar a la universidad, tenía que salir con botas de goma hasta la rodilla para no mojarme los pies en el agua que cubría la vereda. Una vez llegado a partes más civilizadas me calzaba mis zapatos viejos, que tenía la previsión de llevar en un bolso.

Otras visitas
También venía a menudo Ana, hermana de mi viejo amigo Luis, a veces acompañada de su compañero Sarandí y casi siempre con su hija Ximena. Ana y Sarandí tenían miedo por Arielito, tan chiquito en ese lugar tan húmedo y frío en invierno.
Ellos no estaban tan pobres como nosotros y a veces nos llevaban algunas vituallas para preparar una pizza o un pollo asado, o algo por el estilo.
Con Ana salíamos a caminar por las orillas del río, llevando a Arielito en una especie de silla para niños con dos ruedas y dos patas fijas, que era lo que habíamos alcanzado a comprar para transportar al bebé.
Él dormía en el medio de nosotros para que no pasara frío de noche, pero creo que hasta un día lo apreté un poco en sueños.

Un buen día, el hermano de Lir, Bebe, nos llevó libros y otras cosas nuestras, incluso una estufa a kerosén en una bolsa enorme de lona y entonces estuvimos un poco más calentitos en ese invierno frío de Buenos Aires.

Naturalmente, no teníamos cama, pero nuestra amiga de Carmelo Nivia, que estaba también en Buenos Aires con su esposo argentino nos regaló una vieja cama que tenía, y hasta un colchón.
Éstos estaban en una casa que ella tenía en una isla del delta del Tigre, así que tuve que tomarme  una lancha e ir  hasta su casa para traerme la cama y el colchón.  Para descargar los largueros de la cama, que era desarmable, la lancha tenía que hacer una maniobra en el puerto, mientras yo iba agarrando las tablas desde el muelle, mucho más arriba. Creo que el conductor de la lancha me quiso hacer una broma y la separó del muelle antes de tiempo, dejándome con una pesada tabla de la cama tomada sólo de un extremo. Me parece que quedó sorprendido porque yo tenía entonces una fuerza enorme y logré levantar la tabla con apenas unos 20 cm agarrados. Desde allí llevé cama y colchón en un bus de los que llegaban hasta la esquina de nuestra apartamento.
El colchón era doble, pero durísimo, increíblemente rígido, pero en fin...era un colchón donde dormimos hasta el final, cuando nos embarcamos para Suecia.
Tampoco teníamos calentador de agua, así que nos bañábamos toda la familia los sábados en una bañera de plástico para niños en la que echábamos agua caliente, que luego atemperábamos un poco con agua fría.
Cuando Bebe nos trajo la bolsa de lona, tuvimos una especie de calentador de agua eléctrico, de origen brasilero, que calienta el agua a medida que va saliendo del caño, y se atornilla al mismo desde abajo. Entonces ya no tuvimos que bañarnos todos en la bañera de niños, pero entonces teníamos que aguantar los choques eléctricos que nos propinaba el calentador si, por descuido, llegábamos a tocar una canilla mientras nos bañábamos.




Ricardo Ferré
Octubre de 2014

sábado, 13 de septiembre de 2014

El primer paquete

El primer paquete

Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay
Flor de Otoño

Mientras estaba esperando el transporte que me llevaría de vuelta a mi casa en el barrio de Tigre, a una hora de tren pendular de la estación Retiro en el centro de la ciudad de Buenos Aires, dudé por algún momento si ponerme el pequeño envoltorio en el bolsillo de mi chaqueta o si llevarlo en la mano.
Era un paquete pequeño. Me lo  habían dado en el Hospital Italiano, frente de donde yo me encontraba luego de que yo pagara una suma que cubría la cuota para partos, pero no sin antes tener que superar la desconfianza del personal de dicho sanatorio porteño, que recelando a causa de mi pobre vestimenta, no me lo querían entregar antes de percibir ese monto de dinero.
Dentro del paquetito latía con tibieza mi hijo, un ser humano nuevo que iría a trazar su sendero en la vida y a ser útil a la sociedad de alguna manera. Había pesado solamente un kilo y novecientos gramos, un poco menos de dos kilos, casi el peso de lo que uno podía comprar en la carnicería para hacer un asado.
Me habían dado , luego de que el dinero que pagué los había convencido de interrumpir el secuestro del bebé, un carnet de color celeste con la huella de su pie. Parecía una huella de juguete, de algún pequeño muñeco.
La aventura del parto había comenzado cuando mi mujer sufrió la rotura de la bolsa amniótica, la membrana que recubre el feto y que habría debido rasgarse normalmente unos minutos antes del alumbramiento en sí. Le aconsejaron quietud y cuidado.
Cuando sintió los dolores de parto unos días después, no tuvimos más remedio que buscar su internación en algún hospital o sanatorio.
Yo recordé que, justo ese día, yo cumplía un mes de trabajo en la Universidad de Buenos Aires, donde yo había ingresado por concurso como profesor ayudante de matemática en la Facultad de Ingeniería, y por lo tanto me correspondía la obra social de la universidad y por ello atención médica en el mejor sanatorio de Buenos Aires, el renombrado Hospital Italiano.
No teníamos más remedio que viajar en el tren pendular desde Tigre hasta Retiro, desde donde yo tomé un ómnibus hasta la oficina de la Facultad de Ingeniería, mientras mi mujer esperaba sufriendo los dolores previos al parto en la estación Retiro.
Cuando volví con el papel que me acreditaba para utilizar los servicios médicos de la obra social de la universidad, fuimos finalmente hasta el Hospital Italiano, llevando todo el tiempo a nuestro hijo mayor, Ismael, que tenía entonces algo menos de tres años.
Una vez internada respiré más aliviado. La dejaron aún unos días en tratamiento, procurando dilatar el parto lo más posible mientras preparaban al niño a punto de nacer para su aparición prematura al mundo. Para nuestra fortuna, le correspondía ser atendida por el mejor médico obstetra de Argentina, el Dr. Ricardo Gavensky.
Pero ahí estaba yo entonces, con mi hijo recién nacido en las manos, mientras mi mujer e Ismael esperaban en nuestra casa en Tigre.
El bebé respiraba tranquilamente. Jamás lloró ni gritó en el viaje. Creo que tampoco jamás lloró mientras era un bebito.
Era mediados de abril, otoño en Buenos Aires y recibimos al recién llegado con toda la ceremonia que nos permitía nuestra pobreza monacal.
Por temor a sobrecargar el aparato digestivo no bien desarrollado del niño, el pedíatra que nos atendía aconsejó una dieta demasiado drástica. El nene estaba extrañamente oscuro. Cuando el médico aconsejó abandonar esta alimentación estoica y comenzamos a darle una leche en polvo para bebés en abundancia, el niño recuperó su color blanco y rosado y se le vio una cara sonriente a diferencia del período anterior.
Pronto llegó el invierno y el nenito comenzó a dormir en nuestra cama en medio de mí y de su madre para protegerlo del frío y la humedad característica del barrio a causa de su cercanía de los brazos del delta del poderoso río Paraná, que rodea por el lado oriental a la gran ciudad.
Éramos muy pobres, pero estábamos contentos de habernos salvado de la tortura segura y la prisión en manos de los militares uruguayos, que ya habían dado un golpe de estado e instaurado una dictadura.
De todos modos corríamos riesgos enormes por las relaciones entre los militares de los dos países vecinos, algunos de los cuales veíamos a veces hasta cerca de nuestra casa. Habíamos logrado vender una motocicleta casi nueva antes de fugar y disponíamos de ese dinero para pagar la entrada a la vivienda y mantenernos un tiempo a fuego bajo.
Yo había logrado ingresar por concurso como docente en la Universidad de Buenos Aires y contábamos con que algún día cobraría esos ingresos, aunque tardaron varios meses en que eso sucediera, lo que es normal por estas latitudes.
Ismael comenzó a concurrir a un jardín de infantes en la cercanía y mi mujer le cosió precariamente su uniforme con el que asistía a sus clases.
El bebé crecía y pronto pudo estar parado tomado del borde de una camita rodeada de bordes altos que lo protegían para que no se cayera, pero que tenía una especie de barrotes de madera que lo hacían parecerse a una celda para bebés.
Yo iba a dar clases a la facultad con unos pantalones de verano, que eran los únicos que tenía y unos zapatos con agujeros, que eran los mismos con los que había estado de plantón mientras me torturaban los militares en el cuartel de la ciudad de Mercedes, en Uruguay.
Un día mientras estaba en nuestra casa se me rompió el pantalón y entonces mi compañera tuvo que ir al centro comercial más cercano a comprarme otro pantalón, que pasó a ser también el único que tenía.
El pequeño paquete que había levantado en el Hospital Italiano hacía poco tiempo mostraba una salud y un apetito envidiables, pese a su pequeño tamaño inicial. Era muy tranquilo y cuando mi mujer lo ponía en su camita en el pequeño patio que teníamos sin pañales para cuidar la piel de su cola, a veces se embadurnaba con su propia caca.
Ya tenía la personalidad serena y tranquila que creo que fue siempre uno de sus rasgos distintivos, era Ariel. Su nombre lo tomé como homenaje a mi pobre hermano que estaba entonces preso en la prisión de presos políticos que llevó paradojalmente el nombre del paraje donde estaba situada, Libertad.
No sé cómo logramos conectarnos con varios amigos uruguayos, algunos de los cuales conocíamos de antes y otros que encontramos en Buenos Aires, donde estábamos todos exiliados. Varios de ellos nos visitaban en Tigre atraídos por la proximidad del río en cuyas orillas podíamos sentarnos a tomar mate en la hierba y hasta tirarnos y nadar algunos metros.
Norma, conocida de mi compañera mientras estaba en la prisión para mujeres no procesadas, pero sospechosas de la antigua Escuela de Nurses Carlos Nery, nos alegraba muchas veces con su guitarra y todos entonábamos canciones izquierdistas uruguayas en nuestro pequeño patio, donde la recibíamos con algún pollo asado. Norma fue citada a testimoniar frente al Tribunal Russell en Europa a raíz de denuncias de violaciones de los derechos humanos en Uruguay. Finalmente se la llevaron en Buenos Aires cuando nosotros ya no estábamos; leímos rumores de que se había tirado desde una altura y se había herido seriamente mientras estaba siendo torturada, pero nunca más se supo de ella y figura entre los desaparecidos de la dictadura militar.



Ricardo Ferré
Octubre de 2014

sábado, 23 de agosto de 2014

¿Dónde estabas?

¿Dónde estabas?
Cuadro de Luis Ferrer, Paysandú, Uruguay

¿ Dónde estabas
que el aroma de tu aliento
no encendió antes mis inciensos?
¿ Dónde estabas
que el fulgor de tus pupilas
no rasgó implacable mi noche trascendente?
¿ Dónde estabas
que he perdido
eras de compartir tus oleadas,
el ondular sísmico de tu ansia tremenda?
Estabas allí;
¿y por qué no sentía esta cadencia
vibrar en lo profundo de mi cráter,
temblar y sacudirse como el viento a los juncales?
¿Porqué no oí que el viento
dibujaba tu nombre en mis cristales
y Neruda susurraba en sus poemas
la canción que a ti te nombra a raudales?

Ricardo Ferré